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《阴律无情》

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»Al nacer, la naturaleza humana es buena. El buen ejemplo empieza por cada uno de nosotros. Si todos cumplimos nuestros deberes hacia la comunidad, respetamos la ley y no infringimos las leyes de causa y efecto del inframundo, la humanidad sin duda tendrá salvación y las calamidades se aplazarán por un tiempo. El Cielo tiene la virtud de amar la vida y ciertamente dejará un camino de esperanza para que los seres sintientes que se arrepientan de verdad corrijan poco a poco sus faltas. Lo que preocupa es que no surja en ustedes el arrepentimiento.

»¡Ayu! Ahora la llevaré a visitar el infierno para quienes en vida incurrieron en habla divisiva». Como disponíamos de poco tiempo, llegamos muy deprisa al extremo norte de la zona de los infiernos para las mentiras y descendimos ante un letrero con un mapa: el Infierno de las Carreras de un Lado a Otro estaba señalado hacia la izquierda, y el Infierno de las Agujas Negras que Perforan la Lengua y Sellan la Boca, hacia la derecha. ¿A cuál convenía ir, al de la izquierda o al de la derecha? Con la ayuda del ojo de la mente, bendecido por el poder del Buda, miré qué diferencias había entre ambos infiernos. Resultó que el de la izquierda era más grande y había más seres sintientes sufriendo, pero el de la derecha era más atroz. ¡Iría al de la izquierda!

Precisamente, el magistrado también quería que visitara el Infierno de las Carreras de un Lado a Otro. Llegamos allí enseguida y el magistrado explicó al yaksha de la entrada en qué consistía mi trabajo. La puerta se abrió. ¡Vaya! ¡Otro infierno inmenso! ¡Veamos primero lo que tenemos delante! Lo que alcanzaba a ver estaba dividido en dos partes, izquierda y derecha. A la izquierda había muchos espíritus que corrían de un lado a otro, sufriendo sin poder hacer nada. A todos, hombres y mujeres, les sangraba la boca. Por mucho que corrieran, no podían escapar del rastreo de las computadoras que les arrebataban la lengua.

Dentro del infierno había muchos yakshas muy feroces, armados con martillos de hierro, espadas largas y lanzas. Mantenían el orden entre los espíritus culpables e impedían que salieran del área de alcance de las computadoras que los castigaban. Los instrumentos de tortura disparados por las computadoras rastreaban con precisión la lengua de cada espíritu. Cada computadora se encargaba automáticamente de castigar a los espíritus que estaban dentro de un área determinada. En cuanto cualquier espíritu entraba en su radio de alcance, la computadora disparaba cinco cuchillas con forma de clavo para cortarle la lengua, después de tirar primero de ella con los clavos para sacársela de la boca.

¡Veamos a este desdichado espíritu de una mujer que acaba de llegar! Tenía el rostro aterrorizado y no le quedaban fuerzas en las piernas para caminar. Un yaksha feroz la introdujo en la zona de castigo ensartándola con una lanza. ¡Ay! Le dolía mucho la espalda y aún sangraba. La computadora emitió de inmediato dos pitidos, «bip, bip», y pronunció el nombre del espíritu culpable. Acto seguido disparó cuchillas con forma de clavo directamente hacia la boca de la mujer. Al verlas, ella gritó, soportando a duras penas el dolor de espalda, y echó a correr de un lado a otro.

Me pareció que la computadora le preguntaba al espíritu culpable si se llamaba xxx. La mujer estaba a punto de responder; en cuanto abrió la boca, los clavos entraron volando en ella y le sacaron la lengua. Dolorida, intentó quitarse los clavos con las manos. Curiosamente, los clavos se ablandaron de pronto y no le lastimaron las manos. Entonces los soltó e intentó huir hacia ambos lados. Sin embargo, corriera a la izquierda o a la derecha, a cada paso los cinco clavos le estiraban la lengua, y las cuchillas de los extremos posteriores de los clavos cortaban la parte alargada, que caía al suelo. Aquel dolor la hacía esforzarse desesperadamente por escapar del alcance de la computadora. Finalmente levantó la cabeza y huyó hacia la izquierda.

¡Ay! Los feroces yakshas de ambos lados no iban a dejarla escapar de ninguna manera. A la izquierda, el yaksha del martillo de hierro, que rugía furioso, le golpeó la cabeza con su martillo. Bastó un golpe para que perdiera el conocimiento. El yaksha no iba a permitir que permaneciera inconsciente: le enganchó brutalmente la boca con un clavo de hierro y luego le dio una bofetada. Volvió a sangrar y recobró el conocimiento, aturdida; se incorporó e intentó huir hacia la derecha. A ese lado también había un yaksha de un verde sombrío y gélido. Este soltó enseguida un aire helado y unos bloques de hielo que golpeaban a la gente. Al instante, las piernas de la mujer dejaron de obedecerle; aterrorizada, retrocedió hasta la computadora para sufrir de nuevo su castigo. Verlo me mareaba: ¡qué sufrimiento, sin lugar adonde escapar!

Miré al yaksha y le pregunté: «Yaksha del martillo de hierro, ¿podría, por favor, tener un poco de compasión? Las heridas anteriores de esta mujer aún no se han curado y usted ya vuelve a golpearla. Bastante desdichada es; ni siquiera tiene ocasión de descansar un momento».

El yaksha del martillo de hierro dijo: «En vida, este espíritu culpable tenía una especial afición a sembrar discordia con sus palabras. Cualquier asunto que llegara a su conocimiento lo adornaba y exageraba hasta convertirlo en algo perjudicial para ambas partes. Sus relaciones con los demás eran pésimas: adondequiera que fuera, se granjeaba enemistades y provocaba rechazo. Lo más grave fue el daño que le hizo a su suegra.

»Antes de casarse con ella, su marido, el señor A, era muy devoto de su madre. La madre había quedado viuda después de que él cumpliera tres años y lo había criado sola; madre e hijo siempre habían dependido el uno del otro y llevaban una vida tranquila. Desde que este espíritu culpable entró en la familia, empezó a sentir celos de su suegra. No cesaba de sembrar discordia y de dañar malintencionadamente la relación entre madre e hijo; llegó a calumniar a su suegra a propósito, diciendo que tenía relaciones con hombres. El señor A, muy ocupado con su trabajo, creyó lo que ella le susurraba en la intimidad, y la relación entre madre e hijo se rompió. Finalmente, la anciana madre, que tanto amaba a su hijo, murió consumida por la tristeza.

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