El magistrado del inframundo dijo: «¡Sí! También están Avalokiteśvara, el bodhisattva Mañjuśrī, el Buda Amitābha, el Buda de la Medicina y otros. Aunque Avalokiteśvara, Mañjuśrī, Kṣitigarbha y otros se manifiestan con cuerpos de bodhisattvas, en realidad ya poseen plenamente los méritos de un buda y no se diferencian en nada de él. Como se suele decir: “Cuando un buda aparece en el mundo, mil budas lo apoyan”.
»Avalokiteśvara alcanzó la budeidad hace kalpas remotos, con el nombre de Tathāgata de la Claridad del Dharma Correcto. Mañjuśrī es la madre de los siete budas. Entre los budas y bodhisattvas no hay un primero ni un segundo: todos son iguales, sus luces se iluminan mutuamente y responden unas a otras. Los budas son los seres de luz y de sabiduría más elevada y pura del universo. Poseen grandes poderes espirituales; nada les es imposible y nada desconocen. Todos los budas comparten el mismo gran amor benevolente incondicional y la misma gran compasión que reconoce una naturaleza común con todos los seres. Ese gran amor benevolente incondicional y esa gran compasión de naturaleza común significan que la sabiduría y los sentimientos de los budas permanecen siempre en el punto más elevado de equilibrio y, además, se integran y actúan al mismo tiempo. Es decir, el amor que expresan mediante el ejercicio conjunto de la compasión y la sabiduría es igualitario: no distingue entre enemigos y allegados, razas ni escuelas religiosas. Incluso a los animales y las plantas de vida breve y frágil les brindan por igual compasión y rescate. Esa es la diferencia entre los budas y los seres humanos. Los humanos no pueden alcanzar ese elevado equilibrio entre sabiduría y sentimientos; por eso no pueden venir al infierno a rescatar a los seres, mientras que los budas pueden venir en cualquier momento.
»Cuando los budas y bodhisattvas vienen al infierno a rescatar a los seres, actúan conforme a la ley de causa y efecto, sin quebrantarla. En el infierno hay un tipo de seres caídos desde el mundo de los vivos que, aunque practicaron con diligencia en vida, no observaron los preceptos y por ello sufren graves retribuciones infernales por su mal karma. Cuando llegan a la Sala de Juicios del inframundo, algunos recitan de memoria mantras de budas y bodhisattvas durante el interrogatorio o al recibir sentencia. Al entonar esos mantras, surge un gran poder espiritual capaz de proteger a los espíritus culpables. Entonces el rey Yama ordena a los agentes espectrales que se los lleven al Pabellón de Meng Po para beber la sopa de Meng Po y que renazcan inmediatamente en el mundo humano, donde morirán dentro del vientre materno. Después de la concepción, todos los cuerpos espirituales deben sufrir la prisión del vientre durante diez meses, viviendo encogidos en el estrecho útero de su madre entre siete y diez meses. El tiempo que cada cuerpo espiritual permanece en el cuerpo materno es distinto y depende de su karma. Vivir en esa estrecha prisión ya supone un gran sufrimiento para el cuerpo espiritual, pero además debe soportar día y noche los cambios emocionales de la madre. El frío o el calor de los alimentos que ingiere la madre también produce en el feto sufrimientos semejantes a los de los infiernos fríos y calientes. Entre todos esos sufrimientos de la prisión del vientre, el cuerpo espiritual olvida fácilmente los mantras que practicó en su vida anterior. Solo los grandes practicantes espirituales están exentos del sufrimiento de la prisión del vientre mientras permanecen en el cuerpo materno. Después de entrar en el vientre, los grandes practicantes pueden entrar y salir libremente. Permanecen temporalmente fuera de él y, desde el exterior, bendicen el cuerpo físico que está dentro de la madre para que se desarrolle y crezca con normalidad; solo al llegar el nacimiento entran definitivamente en el vientre. Todos los cuerpos espirituales corrientes, una vez que entran en el vientre, ya no pueden salir y deben soportar el sufrimiento de esa prisión hasta nacer.
»Los espíritus culpables mueren dentro del vientre materno y, una vez que eso les ha hecho olvidar los mantras, vuelven al infierno para ser juzgados por sus faltas. Si todavía no los han olvidado, pasan repetidas veces por ese proceso de morir en el vientre materno, hasta olvidarlos por completo y volver a sufrir la retribución infernal. Los budas y bodhisattvas vienen al infierno a rescatar a los seres únicamente cuando, después de sufrir la retribución infernal, nace el arrepentimiento en los espíritus culpables; entonces acuden tras observar las causas y condiciones para la recuperación de su naturaleza mental.
»Avalokiteśvara alivia a menudo el sufrimiento en los infiernos. Últimamente ha venido al infierno de la conducta sexual indebida para rescatar a los seres. Te llevaré a visitarlo. Son muy pocos los padres de los jóvenes que están en el infierno de la conducta sexual indebida que, desde el mundo de los vivos, acumulan méritos y se los dedican para propiciar que Avalokiteśvara venga a rescatarlos. En el Capítulo de la Puerta Universal, el Buda dice: “El Buda dijo al bodhisattva Intención Inagotable: ‘¡Buen hijo! Si incontables cientos, miles, decenas de miles y cientos de millones de seres padecen toda clase de sufrimientos y aflicciones, oyen hablar de este bodhisattva Avalokiteśvara e invocan su nombre con toda su atención, Avalokiteśvara percibirá de inmediato sus voces y todos alcanzarán la liberación’”».
¡Llegamos! Sentí que la luz del Buda iluminaba el lugar, que de pronto se volvió fresco y silencioso. ¡Qué pureza, qué bienestar para el cuerpo y la mente! El magistrado del inframundo dijo que Avalokiteśvara estaba rescatando a un muchacho del Infierno de los Ojos Eléctricos y las Bolas de Hierro.
¡Yo, su discípula Shangguan Yuhua, me postro ante Avalokiteśvara con los cinco puntos del cuerpo en el suelo! Vi que el bodhisattva se manifestaba con la figura compasiva de la Virgen María del catolicismo. El magistrado del inframundo dijo que la Virgen María era, en realidad, una de las manifestaciones de Avalokiteśvara.
En el Capítulo de la Puerta Universal, el Buda dice: «El bodhisattva Intención Inagotable se dirigió al Buda: “¡Honrado por el Mundo! ¿Cómo recorre el bodhisattva Avalokiteśvara este mundo Sahā? ¿Cómo enseña el Dharma a los seres? ¿Cómo actúa mediante el poder de sus medios hábiles?”. El Buda respondió al bodhisattva Intención Inagotable: “¡Buen hijo! Si en alguna tierra hay seres que deban ser liberados mediante el cuerpo de un buda, Avalokiteśvara se manifiesta con el cuerpo de un buda y les enseña el Dharma. Si deben ser liberados mediante el cuerpo de un pratyekabuddha, se manifiesta con el cuerpo de un pratyekabuddha y les enseña el Dharma”». Avalokiteśvara rescata a los seres conforme a las condiciones y se manifiesta con la forma corporal apropiada para ellas.
El muchacho del Infierno de los Ojos Eléctricos y las Bolas de Hierro me resultaba muy familiar. ¡Ah, ya recordaba! Un año antes había visto su retrato funerario en una sala de velatorio. La suya estaba junto a la de mi pariente. Sus padres habían celebrado el funeral según el rito católico: no quemaban incienso ni celebraban ceremonias budistas, sino que solo recitaban textos sagrados y rezaban. La vez anterior, el magistrado me había explicado que aquel niño había llegado al término de su vida a los doce años. Era el único hijo de sus padres, que lloraban todos los días y aún no se habían recuperado emocionalmente. Eran católicos y solo sabían rezar cada día a la Virgen María y hacer buenas obras para ayudar a los pobres. Con ello habían propiciado que la compasiva Avalokiteśvara viniera a guiar al niño.
Ahora vi que la Virgen María volvía a irradiar de su cuerpo una luz blanca, pura y compasiva. La luz iluminaba todo el infierno, que ya se había vuelto fresco, y todos los castigos se habían suspendido temporalmente. Recordé que, cuando había visitado el Infierno de los Ojos Eléctricos y las Bolas de Hierro el año anterior, aquel muchacho se encontraba en un estado realmente terrible: la sangre cubría el suelo y era insoportable mirarlo. El muchacho trazó una cruz sobre su cuerpo con la mano y dio gracias a la santísima Virgen María. Dijo que ni en sueños había imaginado que podría verla en persona.