«Ahora lo entiendo. ¡Gracias por sus enseñanzas, magistrado del inframundo! Yo, Ayu, recordaré sin falta los medios que usted me ha enseñado para resolverlo: responder al rencor con virtud, practicar con diligencia, observar los preceptos y transformar poco a poco a mi familiar con mi ejemplo. Sin duda, los pondré en práctica».
«¡Siga esforzándose, Ayu! Ahora la llevaré a visitar el infierno del lenguaje injurioso. Cerca del “Infierno del Hielo Gélido, la Extracción de la Lengua y la Fragmentación del Cuerpo” hay otros infiernos de la mentira donde la temperatura es un poco más alta. No hace tanto frío, pero el sufrimiento es igualmente extremo. Hoy la llevaré a la segunda parte de la zona de los infiernos de la mentira; allí ya no hace frío».
Llegamos volando muy deprisa. Cuando estábamos a punto de descender, el magistrado del inframundo señaló hacia delante y dijo que era allí. Bajé la mirada: ¡oh! Había dos aterradoras serpientes enroscadas, de cabezas enormes. ¡Eran tan grandes que daban mucho miedo! Por suerte, no se movían. Nunca había visto serpientes con cabezas tan grandes. Una era de color rojo oscuro y la otra negra; ambas tenían cabezas gigantescas y las bocas abiertas de par en par. Resultó que la boca de aquella aterradora serpiente roja era la entrada de este infierno. Junto a la entrada había muchas otras serpientes aterradoras, algo más pequeñas. En realidad, tampoco eran pequeñas; solo lo parecían en comparación con las dos enormes que acababa de ver. Las había rojas, negras y también verdes. Este infierno estaba construido con formas de serpientes.
Sobre la entrada se leía: «Infierno de las Serpientes Venenosas y los Clavos en los Intestinos». ¡Oh! ¡Después de envenenarlos, todavía les clavan clavos! Tras hacer una reverencia al magistrado del inframundo, un yaksha abrió la puerta y nos condujo al interior. Antes de entrar ya se oían sonidos sumamente aterradores: «Sss, ¡ah, ah!, crac», como si algo se partiera de un mordisco, y el largo lamento del viento. Parecía que aquí surgían muchos sonidos horribles y confusos; todos se mezclaban en un estruendo insoportable que lastimaba los oídos. Entramos en la gran boca de la aterradora serpiente de cabeza enorme. Un yaksha me indicó que no me acercara demasiado al interior, que me quedara a un lado para observar, pues dentro había muchos mecanismos. También en este infierno había muchas computadoras. Los feroces yakshas estaban atareados, operándolas a toda velocidad para castigar a los espíritus culpables. Era evidente que faltaba personal; los yakshas manejaban las computadoras con movimientos rápidos y expertos. Sin su ayuda, sin duda habrían estado aún más ocupados. Tal como acababa de decir el magistrado, en este infierno del lenguaje injurioso predominaban los espíritus culpables de mujeres. Al llegar aquí sentí una presión especialmente fuerte en la cabeza y en la mente; me dolía la cabeza y tenía por dentro un malestar indescriptible. ¡Sigamos con la visita! Al ver a los espíritus culpables que sufrían, mis molestias eran insignificantes y ni siquiera merecían mencionarse.
Aquí había muchos espíritus culpables. De las computadoras salían volando serpientes venenosas de color rojo oscuro que mordían la boca y la lengua de aquellas mujeres. Cada computadora emitía sonidos aterradores, sumamente desagradables. Cuando las serpientes les mordían la boca y la lengua, el veneno les invadía todo el cuerpo, que se volvía negro y morado, y caían al suelo atormentadas. Algunas gritaban; otras no emitían ningún sonido y caían inconscientes. Entonces las serpientes producían toda clase de ruidos aterradores junto a sus oídos para despertarlas. En cuanto recobraban el conocimiento, del suelo salían volando unos ganchos puntiagudos, ardientes y al rojo vivo, que se prendían de sus dos orejas. Al oírse «sss, sss, sss», las orejas se derretían al instante. Al mismo tiempo, las serpientes seguían tirando de las lenguas y los intestinos de los espíritus culpables hasta sacarlos y arrojarlos al suelo. Después, de las computadoras brotaba agua hirviendo que despedía vapor y los escaldaba hasta cocerlos, hasta que las lenguas y los intestinos quedaban muy pequeños. Pero de algunas computadoras salían volando duros bloques de hielo que los machacaban y despedazaban, haciendo salpicar sangre por todas partes.
Después de que el agua hirviendo cociera las lenguas y los intestinos de los espíritus culpables y los duros bloques de hielo los destrozaran, de las computadoras salían volando pequeños clavos de hierro con puntas en ambos extremos. Se clavaban tan juntos que cubrían densamente las lenguas y los intestinos. Entonces las serpientes venenosas los sujetaban con los dientes y los metían por completo de nuevo en la boca de los espíritus culpables. Estos gritaban de dolor, rodaban por el suelo y gemían. Así sufrían el castigo una y otra vez, en un ciclo incesante, sin descanso.
Los castigos de este infierno del lenguaje injurioso se sucedían a una velocidad extrema, hasta deslumbrar y confundir la vista. Lo que puede explicarse con palabras es bastante limitado. En fin, Ayu intenta expresar todo lo posible para que todos lo sepan. Durante la visita vi, en realidad, muchísimos más castigos, pero por falta de tiempo no puedo describirlos uno por uno.
En ese momento, un espíritu culpable de mujer se arrodilló de pronto en mi dirección y empezó a golpear el suelo con la frente con todas sus fuerzas. Por supuesto, el yaksha no iba a dejarla: de una patada brutal la devolvió junto a la computadora. ¡Ay! ¡El infierno era de una crueldad verdaderamente inhumana! ¡Qué desdichada aquella mujer! Entonces el magistrado del inframundo ordenó al yaksha que la trajera para que yo pudiera entrevistarla y escribir sobre ella. El yaksha la levantó y la trajo hasta nosotros.
La mujer se arrodilló ante mí y dijo: «¡Xiao Yuzi, sálveme! ¡Xiao Yuzi, sálveme! ¡Xiao Yuzi, sálveme! ¡Usted tiene que ser Xiao Yuzi!». Xiao Yuzi era el apodo con que todos solían llamarme cuando, de niña, vivía en casa de mi abuela paterna. Hacía más de veinte años que me había marchado de aquella ciudad. ¿Quién era la mujer que tenía delante? Sin duda debía de ser una vecina de mi infancia.
Me quedé paralizada y dije: «¡Disculpe! Seguro que nos hemos visto antes. ¿Es usted amiga de mi abuela? Hace muchísimo tiempo que no oigo a una persona mayor llamarme así. ¿Podría decirme cómo llegó aquí?».