El magistrado del inframundo dijo: «Kṣitigarbha visita todos los infiernos. Ayu, como todavía no has visitado el infierno Avīci, ¡ven conmigo!».
Había que atravesar varios pasadizos para llegar al infierno Avīci. Durante el trayecto ya se oían sin cesar toda clase de aullidos de dolor. El infierno estaba lleno de tristeza, terror y sufrimiento extremos. Ahora comprendía por qué, antes de que comenzara a escribir La inexorabilidad de las leyes del inframundo, el bodhisattva me había pedido que practicara con seriedad y diligencia: cualquiera con un poco menos de estabilidad meditativa quedaría sumergido en el intenso campo magnético negativo del infierno. Este realmente no es un lugar para los seres humanos. ¡Ojalá los seres que sufren en el infierno puedan salir pronto de él y ascender! Sin la fuerza del Buda que me envuelve y sostiene, aun si no quedara sumergida en ese campo, perdería gran parte de mi energía vital. ¡Agradezco la protección y las bendiciones de la fuerza del Buda! ¡Debo hacer bien este trabajo para corresponder a su bondad!
¡En ese momento empezó a acelerárseme el corazón! Llegaron unos sonidos sumamente aterradores. El lugar parecía desierto y era muy rudimentario, a diferencia del infierno de la conducta sexual indebida, que era relativamente moderno. Este infierno estaba encerrado tras varias puertas firmemente selladas. ¡Ah! ¡La temperatura era altísima! ¡Sentía un calor tremendo!
El magistrado del inframundo dijo: «Los espíritus culpables entran aquí, pero no salen. Todos los que llegan a este infierno son espíritus colmados de maldades. En su interior, el magma subterráneo supera los mil grados de temperatura. ¡Puede decirse que es uno de los castigos más extremos de nuestros infiernos!».
¡Ah! ¿Mil grados? ¡Qué espanto! Para poder escribir La inexorabilidad de las leyes del inframundo, tendría que armarme de valor y mirar. Gracias a la protección de la fuerza del Buda, pude observar el interior del infierno Avīci por una pequeña ventana de hierro. Este infierno no era muy grande; por fuera se parecía un poco a una nariz humana y por dentro había un agujero oscuro. Ese agujero oscuro conducía al magma subterráneo. El magma despedía humo y parecía abrasador. Los espíritus culpables eran cocidos por completo en ese magma humeante y después arrojados hacia arriba. Con «arrojados hacia arriba» no quiero decir que los lanzaran a otro lugar, sino que los arrojaban al humo hirviente que desprendía el magma para que se abrasaran en él. Sin que sus cuerpos espirituales se hubieran recuperado todavía, mientras seguían aullando y gritando de dolor extremo, el magma hirviente volvía a succionarlos para castigarlos, y entonces los cuerpos espirituales lanzaban otro grito desgarrador. Así se sufría en el infierno Avīci, en un ciclo ininterrumpido. ¡Era realmente atroz!
Hacía un momento todo estaba oscuro y abrasador. ¿Cómo era posible que de pronto llegara una sensación de frescor incomparable? Levanté la vista y vi que el venerado Kṣitigarbha había descendido compasivamente. ¡Me postro ante Kṣitigarbha! Hoy no se manifestaba con un aspecto apacible y compasivo, sino como un Kṣitigarbha de pie y de aspecto airado. Tras él brillaba un gran halo circular de luz dorada. Sus pies descansaban sobre un loto verde azulado, bajo el cual ardían intensas llamas; sin embargo, ese fuego no producía bochorno, sino, por el contrario, una sensación de disipar los pensamientos ilusorios. La joya que Kṣitigarbha sostenía en la mano izquierda era de un rojo encendido, y en lo alto del bastón de anillas dorado que llevaba en la derecha había, además, un loto rojo. Hoy Kṣitigarbha mostraba un imponente poder espiritual para someter a los demonios: con solo mirarlo, uno no se atrevía a albergar ningún pensamiento ilusorio y sentía un profundo respeto y sobrecogimiento. Era la primera vez que veía a Kṣitigarbha tan severo. En cambio, no había grandes diferencias en el maestro del Dharma Daoming ni en el protector del Dharma Min Gong. El maestro Daoming se manifestaba con el porte solemne de un bhikṣu, con ambas manos cruzadas formando el mudra de someter a los demonios. Min Gong estaba de pie junto al bodhisattva con las palmas juntas. Di Ting, la montura de Kṣitigarbha, había aumentado de tamaño hoy y también mostraba un aspecto airado.
De pronto se acercó un funcionario del inframundo para informar de que había un asunto en la Sala de Juicios que requería la presencia del magistrado. Este me indicó que continuara la visita por mi cuenta y que, si tenía alguna pregunta, podía consultar a Kṣitigarbha. ¡Junté las palmas y me incliné para agradecer al magistrado!
Entonces Kṣitigarbha me indicó que volara hacia arriba, pues pronto abrirían la puerta del infierno Avīci y le preocupaba que el magma abrasador pudiera herirme. Así, apoyándome en su imponente poder espiritual, también me elevé hasta quedar por debajo del bodhisattva, de pie en el aire. En ese momento, el protector del Dharma Min Gong descendió ante las sucesivas puertas de hierro del infierno Avīci. Dos agentes espectrales del inframundo abrieron una puerta, salieron y enseguida volvieron a cerrarla con cuidado. Dijeron que temían que el magma salpicara a Min Gong. Min Gong anunció que el soberano del inframundo había ordenado que se permitiera salir a unos cuantos espíritus culpables para proporcionar casos que sirvieran de referencia a Ayu. Kṣitigarbha dispuso que sacaran a tres espíritus culpables, aunque normalmente no podía salir ni uno solo del infierno Avīci. Los agentes espectrales entraron de nuevo y sacaron a tres. Eran dos espíritus masculinos y uno femenino. Sufrían tanto que no podían mantenerse en pie ni pronunciar palabra alguna. Tenían todo el cuerpo cubierto de lodo, ulcerado y desfigurado. ¡Eran tan dignos de lástima que al verlos me dieron ganas de llorar!
En ese momento, el maestro del Dharma Daoming recibió la joya roja de manos de Kṣitigarbha y comenzó a recitar un mantra. La joya del bodhisattva emitió una intensa luz que iluminó todo el infierno Avīci. De inmediato, aquel infierno se volvió extraordinariamente fresco y silencioso: ya no se oían sonidos de dolor y el magma dejó de estar caliente. Mi tensión desapareció por completo y dio paso a una sensación de serenidad, cercanía y alivio. Al escuchar con atención, reconocí el dhāraṇī de Kṣitigarbha, un mantra que me gusta mucho. Después de que el maestro lo recitara durante un rato, los tres espíritus culpables comenzaron a recobrar lentamente la sensibilidad y la conciencia. Los espíritus masculinos ya pudieron arrodillarse en el suelo.
Kṣitigarbha dijo: «Shangguan Yuhua, del mundo de los vivos, va a escribir el libro de exhortación moral La inexorabilidad de las leyes del inframundo por encargo de las autoridades del inframundo, para exhortar a las personas a abandonar el mal y volver al camino recto. Dile ahora a Ayu cómo llegaste al infierno Avīci y qué hiciste en vida». El espíritu masculino, llorando desconsoladamente, contó que en vida se había dedicado a investigar y elaborar afrodisíacos para la conducta sexual indebida; también había producido por su cuenta libros de contenido sexual indebido y discos de video sobre masturbación. Había ganado mucho dinero en vida, y esas eran las únicas cosas que había hecho mal a lo largo de su existencia. Ahora reconocía sus errores y suplicaba al bodhisattva que lo salvara. Kṣitigarbha le enseñó: «Los afrodisíacos, los libros y los discos de contenido sexual indebido corrompen la buena naturaleza de las personas. En particular, los discos sobre masturbación perturban la mente de los muchachos cuyo cuerpo es de yang puro. Si adquieren ese mal hábito, desde entonces emprenden un camino hacia el infierno que daña el cuerpo, destruye la vida y trunca la vida de sabiduría. Las leyes del inframundo no perdonan eso. Tendrás que esperar a que desaparezcan por completo los artículos de contenido sexual indebido que produjiste en el mundo de los vivos para poder salir del infierno». En cuanto el bodhisattva terminó su enseñanza, empujaron de inmediato al espíritu culpable de vuelta al interior.