Tampoco la presencia de familiares constituye un requisito sin excepción. En el capítulo treinta y uno se contempla la ayuda a quienes no tienen descendientes que practiquen por ellos, pero conservan una relación anterior con la enseñanza o con Dizang. Los antecedentes del ser siguen contando, aunque la ayuda no adopte siempre la misma forma.
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4.7 Reparar y empezar a obrar de otra manera
Abandonar el daño deja una tarea positiva: aprender a actuar de otra manera. El libro menciona dar alimento, ayudar a personas pobres o solas, proteger vidas, construir puentes, reparar caminos y transmitir una enseñanza útil. La práctica del bien no queda limitada a un gesto de devoción.
Cuando aún puede corregirse algo, la reparación tiene un objeto preciso. Rectificar una mentira atiende a quien fue engañado; detener una difusión perjudicial evita que siga llegando a otros. No todo daño puede deshacerse por completo. Por eso hacer el bien no consiste en llamar buena a una acción pasada, sino en dejar de prolongarla y responder a lo que todavía necesita cuidado.
La intención cambia también la calidad de la ayuda. Exigir gratitud, prestigio o devolución conserva el interés en la propia ventaja. La respuesta sobre el mérito destaca, en cambio, el deseo de que otro deje de sufrir, sin atarlo a una recompensa para quien ayuda.
Esa disposición necesita continuidad. Una obra puede terminar; el compromiso de no aprovecharse de otros y de atender su necesidad puede seguir presente en la manera de vivir.
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4.8 La ayuda compasiva dentro de la causalidad
Recibir ayuda no hace innecesario cambiar, y necesitar cambiar no significa quedar abandonado. La obra sostiene ambas cosas. Los budas y bodhisattvas buscan ocasiones para enseñar, despertar el arrepentimiento y acercarse a quienes todavía pueden responder al bien.