3.1 Cómo se forman los estados infernales
El libro relaciona los estados infernales con las acciones de quienes llegan a ellos. La crueldad, el engaño y los deseos que se cultivan no quedan fuera del sufrimiento posterior: forman parte de su causa. Decir que los seres producen sus propios infiernos significa, en este contexto, que su conducta los lleva a esas experiencias.
La explicación conserva también jueces, registros, agentes y recintos. En las conversaciones, una autoridad escucha un caso, consulta lo ocurrido y dispone una pena o una salida. La causalidad y la actuación de esas figuras aparecen juntas: los funcionarios no inventan a voluntad el bien y el mal ni quedan exentos de las consecuencias de sus propias acciones.
La expresión budista *xunye faxian*, «manifestarse de acuerdo con el karma», ayuda a presentar la relación entre las acciones y el entorno experimentado. Se incorpora aquí como explicación doctrinal procedente del *Sutra Śūraṅgama*; esas cuatro palabras no aparecen como cita en el original utilizado. Los episodios relacionan deseos y conductas con lo que el ser encuentra y experimenta, sin eliminar por ello a los funcionarios ni las decisiones que se narran.
Por eso las computadoras y pantallas no necesitan convertirse en una alegoría psicológica para que pueda leerse el libro. Son objetos de los recintos que Ayu dice haber observado. Su aparición se vincula en las respuestas a conductas y medios de la época, sin que la guía añada una teoría física de frecuencias o energías.
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3.2 El inframundo y sus recintos de castigo
No todo el inframundo es un lugar de castigo. El capítulo sobre la zona de residentes describe calles, comercios y seres que se desplazan con libertad. Han terminado una vida humana y pertenecen al destino de los espíritus, pero no están cumpliendo una condena en un recinto infernal.
Según el magistrado, quienes no tienen actos que los lleven al infierno pueden ser destinados a esa zona, mientras quienes han realizado grandes obras buenas pueden ascender o volver a nacer como humanos. La descripción incluye una alimentación por contacto o absorción de la esencia del alimento. Una comida puede bastar aproximadamente un año; la duración de la vida allí se sitúa entre trescientos y mil quinientos años. El mismo pasaje contempla una salida anterior hacia el mundo humano o el cielo para quienes desarrollan la práctica.
Conviene distinguir, pues, el territorio del inframundo, una clase de existencia y una situación de sufrimiento. «Espíritu» puede nombrar a un difunto sin significar «demonio». Los espíritus hambrientos padecen privación; los habitantes de esta zona tienen una vida descrita de otro modo. El hecho de que ambos pertenezcan al vocabulario de los espíritus no los sitúa automáticamente en la misma condición.