1.3 La continuidad de la vida
La muerte pone fin a una vida humana, pero no termina, en esta obra, la existencia del ser que la ha vivido. Después pueden darse una estancia en el mundo de los espíritus, un período de sufrimiento, un nacimiento humano o alguna de las otras formas de vida que describe la tradición budista. Nacer y morir señalan cambios de estado dentro de una continuidad más extensa.
Esa continuidad explica por qué una consecuencia no siempre se hace visible durante la vida en que se realizó el acto. Los vínculos de gratitud y agravio pueden prolongarse; también puede hacerlo la disposición a ayudar o a perjudicar. El presente recibe algo del pasado, al tiempo que lo que ahora se hace prepara nuevas experiencias.
Las distintas situaciones posteriores a la muerte no se confunden. Esperar una decisión, vivir en la zona de residentes del inframundo y sufrir una pena no son lo mismo. Tampoco todas las personas recorren una secuencia idéntica. El libro va explicando cada camino mediante las circunstancias y los antecedentes de quienes aparecen en él.
Al hablar de renacimiento, por tanto, no se trata de prolongar sin cambios la biografía conocida. Pueden cambiar el cuerpo, el lugar, los familiares y los recuerdos. Lo que el relato mantiene es la continuidad de los actos y sus frutos a través de esas transformaciones.
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1.4 El origen celeste y la luminosidad propia
El Emperador del Cielo describe la procedencia de los seres con palabras que en chino también sirven para hablar de la tierra natal y del registro familiar. Su «registro de origen» está en el cielo; vivir en el mundo humano o caer en un infierno equivale, en su explicación, a tener un registro separado en otro lugar. El lugar actual no agota la historia de una vida.
La imagen del origen celeste se une a la de una luminosidad propia que puede quedar oscurecida. La ignorancia, el apego y la repetición de malas acciones alejan a los seres de ese origen. Aun en los estados más dolorosos, la obra no considera extinguida su capacidad de comprender y recuperar esa claridad.
Otros pasajes recuerdan a los seres del Cielo de Luz y Sonido que, al comienzo de un ciclo cósmico, descienden y se aficionan al alimento de la tierra. La pérdida de sus facultades se relaciona con ese apego. «Comienzo de un ciclo», llamado *kalpa*, pertenece aquí a una historia religiosa del mundo; no designa una fecha de la cronología humana.